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Había una vez, un ERE…

10/09/2011

Vale, a estas alturas no hay uno, los hay a puñados, pero acontece que uno de ellos afecta a la empresa en la que trabajo, así que me ha tocado vivirlo más de cerca. Para quienes tengais la suerte de no estar experimentados en estas lides comentaré en plan simplificado y barriosesamero que los ERES pueden ser temporales (te vas una temporadita pero con opción de volver), pueden afectar a una parte de la plantilla (algunos se van con la patada en el culo y se espera que la empresa pueda seguir tirando con los que quedan), o ERES de extinción, o dicho en cristiano, hasta aquí el pescao vendido, todos a la calle, echamos la persiana y la próxima vez que pases por delante de la oficina igual en su lugar han montado un “Compro oro”.

En este caso fuimos agraciados con uno del último tipo, de los de “a la puta calle todos”. En un ERE de este tipo, amigos, se produce una situación extraña y tus últimos días en la empresa trancurren en una especie de limbo. Porque ya poco queda por hacer (de hecho a veces te van desmantelando la empresa a poquitos contigo aún ahí), pero durante las semanas que dura la negociación, tienes que seguir yendo a trabajar, aunque tan sólo sea a hacer acto de presencia. Es un poco como los primeros minutos de una peli de esas de apocalpisis postnucleares, en las que los supervivientes vagan por ahí desorientados, sin tener muy claro lo que hacer, ya que todo ha quedado arrasado. Y como en una peli, los papeles se van distribuyendo y cada uno reacciona siguiendo un rol concreto.

Está, por supuesto, el desesperado: Se deja llevar por el pesimismo más absoluto y va diciendo a quien quiera oirle que eso es el fin, que tal y como está la situación jamás volveremos a encontrar trabajo en esto, y que naturalmente nos iremos con dos duros porque el comité de empresa no va a conseguir negociar ni que no den una bolsa de pipas. Ojo, que muchas veces no es un desesperado auténtico, sino que está haciendo una labor de desmoralización del resto para intentar que nadie se moleste en buscar trabajo y así eliminar competencia.

Está el pelota desubicado. Lo reconocereis porque cuando se proponga cualquier medida de presión para reivindicar una salida digna (avisar a los medios, organizar protestas, colgar pancartas), será el que diga que con él no conteis para eso, que no quiere quedar mal con la empresa de cara al futuro. Que da igual que la empresa esté condenada a la extinción y que tenga por delante una esperanza de vida de menos de un mes, nunca se sabe qué gran jefazo montará otro negocio en el futuro, recordará que ese empleado en concreto no salía en la foto de las manifas de protesta cuando cerró su chiringuito anterior, y le contratará en premio a su fidelidad…

Está el “Esqueyo”. Ese que interrumpe cualquier reunión de trabajadores para acordar acciones comunes, o llama ocho veces al día a los del comité de empresa que están negociando el ERE, para pedir que le resuelvan cualquier asunto particular suyo que, o resulta irrisorio en mitad del cataclism general, o debería preguntar directamente a los jefazos, o le podrían ayudar si lo preguntara una vez y en el momento adecuado, pero le acaban mandando a la mierda por cansino. “Es que yo tenía pendiente de coger un día de vacaciones en noviembre, que si me lo van a pagar, que si lo cojo ahora o que”; “Es que yo necesito saber ya si vais a conseguir los 45 días de indemnización o no, que quería comprarme un iPhone con eso”; “Es que yo me agobio de venir a trabajar para no hacer nada, así que si no llegais a acuerdo hoy a mí que alguien me haga un justificante o algo para trabajar desde casa, que me dan taquicardias”; “es que yo he pedido que me pasen a un disquette todo mi trabajo de estos cuatro años para mandar con mi currículum a las empresas y se han reído en mi cara”…

Están los que optan por el humor con vía de escape. Los que se bajan al bar de al lado o se traen el termo de café (porque la máquina de cafés desapareció el día que se anunció el ERE, que el de la máquina de vending no se fiaba de que se la devolvieran antes de echar la persiana) y matan el rato haciendo imitaciones malévolas del “Esqueyo”, los que escriben blogs tipo “crónica de cómo nos mandaron a la mierda”, los que se intercambian mensajes en clave a través de las redes sociales parodiando su situación laboral…

Están los que aplican el lema de “para lo que me queda en el convento”, y aprovechan que en breve van a dejar de ver a diario a esos compañeros a los que tienen atravesados desde hace meses o años para saldar deudas pendientes y decir las cuatro cositas que tenían ganas de soltar, pasándose por el arco del triunfo la consigna de “tenemos que mantenernos unidos para defender lo nuestro”. Sí, señores, a las puertas de irte a la calle y con un futuro incierto, pueden armarse broncas monumentales que empiecen con un “para ti es muy fácil decir que firmemos ya porque tienes la vida resuelta” y que terminen por “que yo sé perfectamente que fuiste tú quien se llevó mi grapadora mientras estaba de vacaciones en verano del 98, qué mala persona que has sido siempre, maripili”.

Están los que tienen que vérselas con los supertacañones (la empresa y sus abogados) para negociar las condiciones en las que nos vamos a ir a la calle, y se tiran horas y horas de negociación. Y por ahí pululan también sus némesis, los supertacañones en cuestión, los que vienen para decirte que te quejas de vicio y que no comprendes que el superjefazo es la auténtica víctima de toda esta situación, el pobrecico.

En cualquier caso, si algo sacas en claro de una situación así es que la gente se retrata y te demuestra muchas cosas, tanto para bien como para mal. A veces descubres que esa persona de otro departamento con la que apenas tenías trato y parecía muy seria tiene unas ocurrencias que os hacen partiros de risa por chunga que sea la situación, a veces el que parecía ir más a lo suyo y del que todos os esperabais que huyera cual rata del barco hundido es el primero en movilizarse para reclamar lo que haga falta, y a veces el que pensabas que estaría al pie del cañón se revela como un “esqueyo” de libro…

Miss Murphy